ALFONSO «EL PINDOQUE»
Si a una persona le quitan los ojos para ver, las manos para escribir y la lengua para hablar, sería como las barbaries que hizo Torquemada en la inquisición y aquella gentuza. Porque me quitarían mi libertad y mis pensamientos. Así que intento escribir con el corazón, que siempre es el que me guía y como de pequeño no tuve la suerte como otros de aprender, pues ahora de mayor he luchado para sacar una carrera en solitario donde he aprendido de todos, adaptando a mi cuerpo lo que más me gusta y digamos que no he llegado a abogado, pero estoy contento y no he renegado en esta vida de nada, dando gracias por mi trayectoria en este mundo donde ha habido de todo.
En primer lugar quiero decir que la religión me ha traído de cabeza, yo no me encuentro seguro de mi mismo, me agarro al maestro Jesús creyente, mi cuerpo se siente bien y le sigo con todas las consecuencias, me da mucha paz. Pero luego de católico, apostólico y romano, es que no, respetando a toda la gente que tiene sus creencias aunque vayan por un camino distinto al mismo. Faltaría más, les cuento, luego que me crean es otro cantar: «Cuando me echo la morrada en el sofá me vienen recuerdos de mi infancia muy desagradables y siento hasta miedo. El motivo viene de cuando era un niño, de la enseñanza que me impusieron con un dios castigador, donde en el fin de tu vida ibas a ser juzgado, donde tu historia en la vida iba a ser revisada arriba por tus hechos cometidos aquí en la tierra. Si te pasabas ibas al infierno derecho, sufriendo, quemándote, arrastrándote por todos los sitios malos que pueden existir y nunca se acabaría este calvario. Esto me atormenta. Era lo que te enseñaba la santa madre iglesia, yo no he sido un santo en la tierra. Una paz para siempre no sé si la habrá, pero cuando pienso que puedo ir al infierno y ese sufrimiento que nos inculcaron me despierto sobresaltado y me siento muy mal. Me sucede esto cuando estoy bajo de autoestima, no lo puedo remediar. Creo que si ese dios existe tiene que estar lleno de bondad, de amor y perdonar a todos los descarriados, que nuestras vidas no han sido tan fáciles. Te arrepientes de cosas que ahora no harías.
Yo entiendo que todos necesitamos un perdón, si no esto es un descalabro, intento inculcárselo a mis hijos y nietos. Cuando tuve uso de razón mis padres intentaban que fuera bueno y respetara a mis mayores y me enseñaron a rezar como yo hice con mis hijos, que no se si lo llevaran a cabo porque ya son mayorcitos.
Pero yo salía de la escuela con siete u ocho años helado de frío, veía a mi madre si estaba sentada en la puerta en la silla de espadaña, le daba un beso arrodillándome aunque fuese en los barros, te agarraba tus manitas con ese cariño que transmiten las madres y rezabas un bendito o un padrenuestro que yo siempre lo he dado por bueno. ¿Quién te iba a querer más que tus padres? Pero en la calle te imponían otras cosas que no van conmigo.
Todos los días de fiesta tenías que ir a misa, bajo la batuta del maestro que si te desfilabas un poco dando guerra ( yo que no era muy bueno) el lunes ya estabas en cruz, con aquellos malditos libros que nunca me enseñaron y aquella maldita regla con la que golpeaban los tiernos dedos que algunas veces sangraban, ese dios yo no lo quiero, porque era el del miedo, de la opresión, un dios dictatorial. Así nos lo imponían.
Luego venía Semana Santa donde por la noche estabas en la cama y ciertas personas salían por el pueblo con unas esquilas para ahuyentar los malos espíritus y me parece que hasta hablaban, metiéndome con mis hermanos la cabeza debajo de las sábanas, donde nuestros tiernos corazones bombeaban del miedo que te metían en el cuerpo.
Los domingos tenía que ir a tomar comunión, porque ahí estaba tu salvación y no te levantaras con hambre que yo la tenía casi siempre. Si comías un cacho pan era un pecado mortal, cuando te daba el sacerdote la hostia sagrada, cuidado con tocarla, metida en tu pequeña boca sin tocar tus dientes, porque era el cuerpo del señor y podía sangrar, la tragabas con un cuidado para no tocarla. Así que no te sabía a nada, solo a miedo, allí no estaba Jesús.
Luego el sacerdote venía en sandalias, con el frío que hacía y todo el mundo decía pobrecito no tiene ni calcetines. Aquello me apenaba porque hacía mucho frío, pero yo me daba cuenta de que estaban gordos, colorados con buenos mofletes que no los teníamos los del pueblo que estábamos mas chupados que la pipa de un indio, le pagaban lo que fuera y yo creo que a la salida del pueblo en el cuartel cogían los zapatos y ya está, hasta el próximo año, como en la película «En el nombre de la rosa», que cuando llegaban al monasterio menudos braseros se tenían en el medio del salón para calentarse los pies y todo su cuerpo. Ese es el dios que me impusieron ciertos dictadores. Nunca lo he seguido pero el miedo no se me ha ido del todo, pero se a quien sigo.
A mí cierta parte de la iglesia me hizo daño pero no puedo generalizar porque entiendo que no todos serían malos.
Me contó mi prima que les costó mucho venirse, porque estaban tan integrados con los indios, que hasta sus hijas parecían indias, se vinieron porque carecían de enseñanzas y los peligros, si no a lo mejor se hubieran quedado. Volviéndose a España cada uno hizo su vida, Ezequiel siguió a lo suyo con los niños, ayudando a los sacerdotes con sus oficios.
Este es el dios que sigo, aunque muchos no me entiendan, pero me quito el sombrero ante estos misioneros que conocí, porque han dado todo por nada y aquí termino con una picia que le hice a Ezequiel.
Mi hermano Pauli como trabajábamos juntos, tiene su casa en la parte detrás de la iglesia, cuando veníamos de trabajar a las siete, bajaba de la furgoneta y allí delante veía una bicicleta que era de Ezequiel, este hombre como estaba muy vinculado a la iglesia iba todos los días al rosario en bici. Yo la veía y le daba la vuelta hacia arriba, y eran tantas las veces que se lo llevaba haciendo que dejó de llevarla, un día le dije, Ezequiel ¿ya no te atreves con la bici? y me contestó, – No la traigo porque algún sinvergüenza todos los días me la da la vuelta y me quita el aire algunos días a las ruedas, y me puede hacer más, me caigo y me desmorró. Diciéndome, Alfonso en los pueblos hay malos quereres, pues se murió y nunca supo el pájaro que le hacia la pícia.
Perdóname Ezequiel que seguro que estarás cerca de tu dios porque fuiste un gran hombre, pero entiéndeme la cabra siempre tira al monte y ese soy yo.
ALFONSO «EL PINDOQUE» MARZO.2013